Hablemos de su caminado, Por su puesto.
Cada paso que daba le tomaba al menos cinco segundos. Transitaba profesando que el tiempo era otro invento para tener algo más de que depender.
Cada paso que daba le tomaba al menos cinco segundos. Transitaba profesando que el tiempo era otro invento para tener algo más de que depender.
-Saber la hora es deprimente, solo te estás atando a la vida y haces mal querido ignorante, ¡hay que vivir! y vivir es liberarte de la vida con el proceso de la muerte, tenemos el don de la muerte, mueres para vivir, no vives para morir. Saber la hora solo te hace prisionero, deberías mejor preguntarte por qué estás aquí, para qué vives, cuál es tu maldito propósito o si quiera, interesarte por el mundo en realidad. En vez de saber la hora y continuar la rutina, pero veo que dependes de ella desde el día en que naciste. ¡Joder tío! ¿Cuándo empezarás a ser libre?
-Comentó el chico de la esquina, en ese entonces. Un solitario perdido tratando de encontrarse.
El joven tenía ideologías difíciles de entender. Y me quedó claro ese mismo día, cuando sentados en un bar de segunda, donde sirven tarros y no vasos, alguien preguntó en voz alta y en tono apresurado, si ya era demasiado tarde.
¡Grave error de aquel sujeto al indagar en el concepto de perspectiva! Un día de luna llena y con ese extraño defensor de libertad temporal a su lado.
Pero eso fue hace demasiados ayeres, cuando estudiar era algo común y no nos preocupábamos por envejecer, creíamos ser eternos o que la muerte se tardaría en visitarnos.
Recuerdo llegar a casa, abrir la puerta, dejar la mochila y tener otro concepto diferente del tiempo, de la vida, quizá de mi.

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